miércoles, enero 03, 2007

¿Qué media entre las declaraciones de Zapatero el sábado y las de Rubalcaba ayer

Alfredo Pérez Rubalcaba, aseguró ayer en rueda de prensa que "no hay proceso, no hay diálogo" ya que "ETA ha roto, ha acabado, ha liquidado el proceso de paz, después del atentado de Madrid". "Sencillamente no hay diálogo y por tanto no hay proceso.

Contrastan estas declaraciones de Rubalcaba con las declaraciones de José Luis Rodríguez Zapatero el pasado sábado en el sentido de que suspendía el diálogo.Parece pues que el gobierno ha endurecido su posición con ETA.

¿Qué ha ocurrido de nuevo entre ambas declaraciones?, parece que la clave estaría en un editorial del diario El País ayer martes, afirmando que "ETA no sólo ha pulverizado la tregua, sino también elementos necesarios para un día, si acaso, volver a empezar un proceso de paz. Las reglas no han funcionado. Los interlocutores de la banda, tampoco. Se abre ahora una etapa que estará dominada por la lucha policial y judicial contra la banda terrorista, y en la que resulta esencial la unidad de los partidos democráticos, incluido el PNV, que ha de evitar una nueva deriva soberanista. Para que ETA acabe siendo derrotada son necesarias, pero no suficientes, las medidas policiales y judiciales. Al final, tarde o temprano, tendrá que haber diálogo. Pero sobre bases diferentes".Está claro de quien y desde donde se marcan las directrices.

2 comentarios:

Javi dijo...

Dice Rubalcaba...

¿Quiere el sr. Astarloa que diga q ue el proceso está roto? Pues muy bien, el proceso está roto?

Y lo dice por que le digan que lo diga.

Muy bueno, Rub, muy bueno. Ahora dilo sin que te diga nadie que lo digas.

Anónimo dijo...

El hecho de que José María Aznar sea una de las personas más irresponsables de la política española no obliga a todos los demás a imitarle, incluso, aunque fuera para defenderse de esa irresponsabilidad.

Para toda persona con sentido común y no cegada por una furia partidista, es evidente que en la posición de José María Aznar hay dos cosas intolerables.

La primera, su capacidad de mentir sobre los hechos que él mismo ha protagonizado para deteriorar la imagen y la legitimidad del actual gobierno de España.

Y la segunda, que no es menos cruel que la primera, es que el ex presidente está dispuesto a cualquier cosa para hacer efectivo su rencor en contra no solo de los intereses del gobierno sino para hacerlo menoscabando los del Estado.

Frente a una deslealtad tan manifiesta parecería lógico hacer lo que él también hizo: desclasificar documentos de inteligencia que dejarían a los pies de los caballos la actitud del ex presidente. Pero al igual que ocurrió con su decisión de hacer públicos documentos secretos, quien sale perdiendo de este asunto es la seguridad del estado y la confianza en los mecanismos de defensa.

Es hora de que la sociedad civil se sobreponga a las peleas de partidos en un tema tan serio como la lucha antiterrorista. Pero las condiciones para recuperar esta seriedad es que personas que demuestran un desprecio tan evidente por los intereses de España no tengan sitio en nuestra vida política.


La lealtad es una cualidad ética que se corresponde con la fidelidad a un compromiso permanente. No es un concepto legal ni mucho menos penal; no hay métodos coercitivos para imponer lealtad. Sólo puede esperarse aprobación para quien la practica y reprobación moral para quien la conculca. Acogidos a esta definición, se comprende que quien ha sido presidente constitucional de un Gobierno tiene un matrimonio inconmovible con los intereses generales del Estado, más allá, incluso, de sus compromisos personales.

No parece lógico que apenas dos semanas después de haber entregado las llaves de la Moncloa, el expresidente del Gobierno José María Aznar, viaje al centro del huracán político que le desplazó del poder, en la dirección diametralmente opuesta a las primeras decisiones adoptadas por quien le acaba de sustituir. José María Aznar, con su viaje pretendidamente privado a EEUU, ha sido por lo menos tres veces desleal.

La primera deslealtad y la más evidente ha sido con la voluntad mayoritaria de los españoles. Al elegir a un gobierno democráticamente. No se entiende muy bien que sus primeros gestos políticos vayan en la dirección de hacer más difícil la labor del Gobierno que le acaba de suceder; eso, precisamente, es deslealtad.

El Gobierno de Aznar mintió y manipuló en esos cuatro dramáticos días (en efecto, decir la verdad significa decir "toda la verdad y nada más que la verdad", como enseña el cine estadounidense).

Parece una paradoja, dado que Aznar debe su derrota a sus mentiras entre el 11 y el 14 de marzo. La experiencia histórica demuestra que todo atentado favorece un apiñamiento espontáneo de la población en torno al Gobierno. Si el Gobierno de Aznar hubiera informado a la opinión pública de forma precisa y en el momento justo de todos los indicios sobre la posibilidad de la pista islámica y, posteriormente, de su prevalencia, hoy estaría todavía (por desgracia) en La Moncloa. Las mentiras de Aznar han sido por tanto una bendición para la democracia.