domingo, noviembre 27, 2005

El peor fascista


He dudado si escribir fascista o totalitario. En los tiempos que corren, pienso que es mucho más claro usar el término fascista, ya que por los sorprendentes efectos de la propaganda “progresista” que durante años ha alimentado nuestro vocabulario, parece que totalitarismo no se identifica tanto con algo pernicioso.

El peor fascista es el que no sabe que lo es. De la misma manera que dicen que el más loco es el que jamás se plantea ni remotamente la posibilidad de estarlo, el más peligroso espécimen de fascista es aquel que niega convencido su esencia. Y lo hará porque nunca comprenderá que el fascismo no es tan solo una ideología desarrollada en el primer tercio del siglo XX: es una actitud. Es la actitud de quien, superada la etapa en que reivindica su propio y legítimo derecho a lo que sea, se adentra peligrosamente en el terreno de decirles a los demás lo que pueden o deben hacer. Huelga decir que si el personaje accede a ciertas cotas de poder esa desviación tiene efectos preocupantes no ya sobre su entorno inmediato, sino sobre la colectividad y sobre la propia libertad.

Es lo que sucede, por ejemplo, en Cataluña. Ellos lo negarán, claro está, entre grandes aspavientos. Pero Cataluña está inmersa ahora mismo en una dinámica puramente fascista que impregna buena parte de la vida cotidiana hasta extremos de los que estoy convencido que ni los propios protagonistas son conscientes. En Cataluña, igual que en la Italia mussoliniana o en la España franquista, hay una sola ideología, que además se ha convertido en transversal abarcando sorprendentemente desde la izquierda hasta la derecha: el nacionalismo. Poco importa que la tendencia o la apariencia de cada partido presente perfiles más o menos comunistas, socialdemócratas o conservadores (liberales ya ni pensarlo): lo único visible en sus programas y sobre todo a la hora de ejercer el poder es el nacionalismo. El resultado es que la alternancia política catalana es un mito irreal: buena prueba de ello fue el período de negociaciones tras las últimas elecciones autonómicas. Lo único más o menos relevante era la cara del titular de la presidencia de la Generalitat, pero nadie dudaba de que la política seguiría la misma línea que bajo CiU. Diferencias de matices y de estilo, pero más de lo mismo: nacionalismo exacerbado como único horizonte.

Esto puede rebatirse diciendo que, en definitiva, la ciudadanía vota lo que quiere y por tanto todo es legítimo. Y no les faltaría razón. Pero es que las actitudes fascistas se propagan. La última, y para mí gravísima, es la aparición en televisión de todo un primer ministro refiriéndose con nombres y apellidos a un ciudadano, a un industrial, reprochándole haber hecho una manifestación, tímida por cierto, de españolidad. Ni siquiera le sirvió a este infortunado disidente haber sido hace apenas unos meses uno de los firmantes de una carta pública animando al presidente de la Generalitat a sacar adelante el proyecto de estatuto ultranacionalista. De seguir así, no cabe descartar que TV3 acabe emitiendo un “Aló, Conseller” que, en el más puro estilo bolivariano, permita a los capitostes del régimen señalar públicamente a los disidentes para su posterior linchamiento civil. Cataluña, como siempre, calla. Pero la enfermedad se extiende y lo contamina todo. Codorniu, por ejemplo, rival directo y eterno de la empresa estigmatizada por el Reichsführer Bargalló, corre ahora el riesgo de quedar como “el cava del régimen” y ser el preferido de las elites nacionalistas, pero viéndose simultáneamente rechazado en el resto de España precisamente por esa circunstancia. Y es que el fascismo lo impregna todo, y ésa es precisamente su principal característica: la pretensión de involucrar a toda la sociedad en su proyecto, sin tolerar la mínima discrepancia, ni tan solo una diferencia de matiz. La sociedad queda automáticamente dividida entre adictos al régimen y desafectos. Y se exigen constantes muestras de adhesión inquebrantable, como antes era obligado el saludo brazo en alto o el ritual “arriba España”. E igual que en los demás regímenes fascistas, brotan por doquier los voluntarios civiles, los entusiastas comisarios políticos que no dudarán en denunciar ante las oficinas creadas ad hoc a aquellos comerciantes que no rotulen en catalán. O que no vacilarán en exigir, en cualquier ámbito social o profesional de que formen parte, el uso excluyente del catalán o la aprobación de una moción a favor del estatuto nacionalista.

Otra característica fundamental del fascismo es la de hostigar desde el gobierno a los escasos opositores, ya casi resistentes, que osan no ya combatir, sino simplemente discrepar de las consignas de la autoridad suprema. Nada de tolerancia, libertad o democracia. O mejor dicho, sí, siempre y cuando no se cuestionen los elementos esenciales del régimen. No descarto que en un futuro no lejano llegue a ser penalizada, como lo es hoy la trivialización del holocausto, la negación del hecho diferencial catalán. En España se puede discrepar, y del modo más grosero, del sistema de Estado existente. Se puede criticar a la monarquía, se puede despreciar la constitución, se puede negar la propia existencia de la nación. Que a nadie se le ocurra en Cataluña criticar a la Generalitat, negar la necesidad del nuevo estatuto, o poner en duda la incuestionable existencia eterna de la nación catalana. Esos son los principios fundamentales del régimen, y son intocables, de obra o pensamiento.

Porque realmente lo que impera en Cataluña ahora mismo es un régimen autóctono, endogámico y agresivo, que no permite, ni como coartada para su propia legitimidad democrática, la existencia de una sola voz que cuestione los principios fundamentales del movimiento nacionalista. Prueba de ello es la desaforada campaña desatada contra la única, repito, la única emisora de radio que no sigue la línea imperante. Maniobras diplomáticas, amenazas nada veladas, manifestaciones ante la sede de la emisora, inquietantes “consejos de control” que supervisan la ortodoxia de las opiniones vertidas,...

Mussolini, al menos, sabía y reconocía que era fascista. Estos no lo reconocen ni, probablemente, lo saben. Por eso son los más peligrosos, como aquellos enfermos que ignoran ser portadores de un virus y lo van inoculando a su alrededor a las gentes que no desconfían de ellos.


Germont

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