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lunes, marzo 12, 2007

Rajoy: “Defenderé la unidad de la nación española, la libertad, no cederé al chantaje de ETA y apostaré por su derrota”

Rajoy agradece a los españoles su participación en la manifestación y las concentraciones del fin de semana: “Fueron actos de afirmación y de esperanza a favor de España, de la libertad y a favor de la derrota del terrorismo”.

El presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, agradeció hoy a los españoles su participación en las concentraciones y la manifestación convocadas por el PP el 9 y el 10 de marzo. “Muchas gracias a todos los que asistieron y a todos los que de corazón estaban con nosotros”, añadió.

En este sentido, señaló que la manifestación sirvió para que asuma ante todos los españoles el lema de la convocatoria España por la libertad. No más cesiones a ETA. “Yo defenderé la unidad de la nación española, defenderé la libertad –lo más sagrado que tienen las personas-, no cederé en ningún caso al chantaje de la organización terrorista ETA y apostaré por su derrota”, aseguró.

Ésta es la primera vez que el PP organiza concentraciones de este tipo, según ha recordado Rajoy, y lo ha hecho porque las decisiones que adoptadas por el Gobierno son negativas para los intereses generales.

Las concentraciones del viernes y la manifestación del sábado fueron, a su juicio, un ejercicio democrático impecable. “Fueron un ejercicio de libertad. Millones de personas ejercieron un derecho constitucional, como es el derecho de manifestación y de reunión. Fueron un ejemplo de civismo. Vimos en Madrid una manifestación serena, tranquila, pacífica y hermosa. Una manifestación que unió a la mayoría, por encima de los partidos políticos. Aunque quien la convocara fuera un partido político, unió a gente que tenía formas de pensar distinto y a gente de muy distinta condición”, aseguró.

Rajoy subrayó que en la manifestación se le dijo al Gobierno que estaba tomando decisiones en dirección contraria a lo que quiere la inmensa mayoría de la sociedad. “Fue una manifestación gracias a la cual el Gobierno debe saber que la mayoría de los españoles cree que en este asunto se ha equivocado y que tiene que rectificar”, explicó.

“Fueron actos de afirmación y de esperanza a favor de España, de la libertad, y a favor de la derrota del terrorismo”, añadió. “La gente le dijo, con buenas formas, al Gobierno lo que dicen todos los estudios sociológicos: que no se puede ceder al chantaje, que el Estado queda muy debilitado, la gente pierde confianza”, aseguró. Ésta, según él, era la manifestación de la esperanza y la libertad.

MANIFESTACIÓN EN NAVARRA
Por otra parte, el presidente del PP anunció que asistiría a la manifestación convocada por el gobierno navarro el próximo sábado, 17 de marzo. Rajoy recordó que Navarra es una de las reivindicaciones más importantes del entorno etarra. “Creo que Navarra es Navarra y es España. Quiero que Navarra sea lo que los navarros y los españoles quieren que sea”, añadió.

Es una manifestación que convoca el Gobierno de Navarra y sus instituciones, no un partido político. “Estaré allí con una representación muy importante del PP, allí estaremos como unos ciudadanos más defendiendo que Navarra sea Navarra no que sea una cosa distinta a lo que los navarros quieren que sea”, afirmó.

Impresiones de la manifestación 10M

«Volved a vuestras casas y contad a todo el mundo lo que ha pasado aquí, lo que habéis hecho, lo que habéis sentido. Que os vean en pie, con la cabeza alta y fuertes como yunques. Orgullosos de ser españoles que no se resignan. Decid que estamos reclamando una deuda que el Gobierno quiere cancelar. Decid que reclamamos la libertad que nos han robado y que solamente podremos recuperar cuando se haga justicia, cuando podamos respirar hondo, cuando los terroristas no ejerzan ninguna influencia en nuestra vida, cuando ETA sea derrotada y desaparezca. Este es nuestro empeño, esto es posible y esto, con la ayuda de todos, lo haremos realidad.»
(Del final del discurso de Mariano Rajoy, ayer, en la gigantesca manifestación convocada por el PP en Madrid)

Y yo estoy ardiendo de deseos de hacerlo.

Germán Yanke, que, como profesional del periodismo es muchísimo más diestro que yo, ha dejado varios párrafos en su descripción sobre los asistentes a la manifestación que no puedo resistirme a reproducir porque expresan cabalmente lo que deseaba transmitiros a los que desgraciadamente no hayáis podido estar presentes en este trascendental acontecimiento:

«Les observo. No puedo ver a todos, claro, pero sí a algunos de los que se acercan por Chamberí hacia la Plaza de la Independencia -o hacia donde puedan, porque el gentío hace difícil el paso- y no soy capaz de hacerme con la imagen tipo del manifestante de ayer. Los hay de todas clases (sin segunda intención lo de clases): jóvenes y mayores, allí la señora con diadema que se envuelve en la bandera de España, una chica con más «piercings» a la vista que lo que se diría razonable, matrimonios con hijos, grupos de chavales. Visten de modo dispar: los hay elegantemente desenfadados y otros que no parecen cuidar mucho su aspecto. Unos van de prisa y otros lentamente. Hay rostros compungidos, como si quisieran mostrar el dolor causado por el terrorismo, y otros risueños, como si se reflejara en ellos el sentirse tan acompañados.

Si se me permite la licencia, no dispongo de los instrumentos necesarios para saber si todos los que van llenando las calles son de derechas o si el PP, convocante de la marcha, ha logrado que se sumen ciudadanos de izquierdas o votantes de otros partidos, como sus dirigentes dijeron pretender. La presencia de esos «otros», al menos, no es visible, aunque no hay modo, como digo, de meterse en la conciencia y en la cabeza de cada uno. Pero si damos por bueno que es la derecha, y sólo ella, la que estaba en la calle, habrá que concluir que es variada.»

Efectivamente, cerca ya de las cinco de la tarde, desde donde había conseguido por fin dejar el coche junto al Vips de López de Hoyos, se veían grupos numerosos de personas –grupos de familias más bien eran la tipología dominante – portando banderas españolas, bajar desde los altos de Serrano, por Velázquez y calles adyacentes, para ir confluyendo despaciosamente en dirección a la plaza de la Independencia todavía muy lejana. A la altura del cruce con la calle de Juan Bravo y el paso elevado sobre la Castellana hacia el paseo del Cisne, la policía municipal ya había cortado la circulación. Muchos automóviles llenos de jóvenes portando banderas pugnaban por desviarse y localizar algún imposible hueco donde aparcar.

Unos pocos grupos de turistas, con el plano de la ciudad desplegado, parecían dudar entre proseguir su camino de visitas o unirse perplejos a la riada de personas y de banderas (la densidad de ambas iba en aumento a cada paso que dábamos) que descendíamos por la suave pendiente que forma la calle de Serrano entre ese punto y el cruce con Goya, donde se remansa algo hasta desembocar en la Puerta de Alcalá. Pero al llegar a la altura de Ayala y Hermosilla, la concentración acrecentada de todos los que bajábamos por las calzadas despejadas de vehículos (qué insólito placer deambular así por esas arterias comerciales, síntesis de la elegancia y del “glamour”) empezaba a dificultar el avance. Desde el cruce con Goya podía verse que la plaza de Colón y Génova ya eran un mar de banderas. Imposible llegar hasta la Puerta de Alcalá que se veía al fondo sobre una alfombra rojigualda, decidimos por tanto bajar hasta Recoletos por Villanueva para encontrarnos que, delante de la fachada del solemne edificio de estilo ecléctico cuya escalinata estaba tomada por la multitud, los miles de personas que llenaban el espacio codo con codo habían compactado de tal modo una masa humana que ya era imposible avanzar ni retroceder.

Allí nos quedamos entonces, sumergidos entre miles de familias, grupos de jóvenes y mayores, cochecitos de niño, ancianas y adolescentes, en medio de un bosque de improvisados o elaborados mástiles que elevaban sobre nuestras cabezas miles y miles de metros cuadrados de banderas de España, ondeando orgullosas gracias a un suave viento que agradecíamos como paliativo del humano calor reconcentrado. Imposible ver nada, nuestra posición quedaba por debajo de los laterales y además todos los espacios elevados ya estaban ocupados. Gracias a una pantalla gigante que podíamos atisbar a veces entre el ondear de las banderas pudimos enterarnos algo de la marcha de la manifestación, pero durante las dos horas largas que quedamos allí empantanados únicamente los rostros, gestos y comentarios de los que nos rodeaban fueron el horizonte sobre el que dirigir nuestras miradas.

¡Pero todo el acto fue una fiesta! Contagiados y empatizados por la enormidad de la asistencia, aunados todos en un clamor común, casi en una comunión mística con el sobrio, ajustado y contundente discurso de Rajoy, recibimos una sobrecarga de ánimo y esperanza que tanta falta nos hacía.

Todos juntos y ¡a por ellos! Sin desanimarnos, porque la razón y la Patria están con nosotros y antes o después la dignidad y la libertad van a prevalecer.

LUIS.

domingo, marzo 11, 2007

¡Enhorabuena a todos!

Por Luis I Gómez "Desde el exilio"


Me da igual. No importa si son un millón, medio, más o menos. Son muchos. Muchísimos. Demasiados para ser todos fascistas, liberticidas, franquistas, crispadores, marionetas al servicio del PP o de un “Losantos” (cuánto poder en sus manos de ser así!) No percibo ni mareo, ni vómitos ni me apetece apagar la televisión (Por cierto, sólo Tele-Madrid ofrece cumplida información de lo que ocurre a los que vivimos en el extranjero). No veo ira, ni armas, ni puños cerrados por el odio.
Sólo veo indignación, ansia de justicia, deseo de ser oídos, escuchados. Hombres y mujeres que se sienten ignorados por quienes les gobiernan. Veo gentes que no olvidan quienes son los verdaderos enemigos de la democracia en nuestro país y amonestan a quienes ceden (legítimamente o no) ante el terror. Veo banderas españolas (todas las que veo, rojigualdas, moradas, señeras, … todas son españolas, todavía) y a nadie amenazando con ellas. Ondean inermes, con la seriedad monitoria que confiere su esencia: son las de todos.
Nos han mentido. Me han mentido. Eran mentira las advertencias que nos llegaban desde el gobierno. Los Zapatero, Blanco, de la Vega, … mentían. No hay dobermanns ni cánticos cara al sol. Los voceros de aquellos, también cargaron sus plumas y sus labios de mentiras.
Los números que nos den, al final, también serán mentira. Unos más, otros menos. Pero lo que ya nadie podrá negar es que muchísimos ciudadanos, un 10 de Marzo de 2007, han decidido poner fin a su silencio, salir a la calle y mostrar su opinión. Más tarde podremos hablar de amnesias, de votos, de leyes electorales, de abstencionismo y democracia. Hoy los protagonistas son otros. Son los que han salido a la calle.

Indignados y serenos


POR GERMÁN YANKE

Ya desde el mediodía, Madrid era atravesado por cientos de autobuses (Valladolid 11, Murcia 4, Sevilla 6, leo en la parte delantera de alguno de ellos) que no podían llegar donde deseaban, lo más cerca posible de la Puerta de Alcalá, porque las calles comenzaron pronto a ser cortadas. Había que hacer esfuerzos y largos trayectos para atravesar la Castellana. Madrid se llenaba de manifestantes.

Les observo. No puedo ver a todos, claro, pero sí a algunos de los que se acercan por Chamberí hacia la Plaza de la Independencia -o hacia donde puedan, porque el gentío hace difícil el paso- y no soy capaz de hacerme con la imagen tipo del manifestante de ayer. Los hay de todas clases (sin segunda intención lo de clases): jóvenes y mayores, allí la señora con diadema que se envuelve en la bandera de España, una chica con más «piercings» a la vista que lo que se diría razonable, matrimonios con hijos, grupos de chavales. Visten de modo dispar: los hay elegantemente desenfadados y otros que no parecen cuidar mucho su aspecto. Unos van de prisa y otros lentamente. Hay rostros compungidos, como si quisieran mostrar el dolor causado por el terrorismo, y otros risueños, como si se reflejara en ellos el sentirse tan acompañados.

Si se me permite la licencia, no dispongo de los instrumentos necesarios para saber si todos los que van llenando las calles son de derechas o si el PP, convocante de la marcha, ha logrado que se sumen ciudadanos de izquierdas o votantes de otros partidos, como sus dirigentes dijeron pretender. La presencia de esos «otros», al menos, no es visible, aunque no hay modo, como digo, de meterse en la conciencia y en la cabeza de cada uno. Pero si damos por bueno que es la derecha, y sólo ella, la que estaba en la calle, habrá que concluir que es variada.

La derecha en la calle. Otra vez, además. Hay una cierta izquierda a la que esto, más que molestarle, le parece imposible. Deben pensar que la calle es suya, porque suyas son las «reivindicaciones» y la conexión con la gente de a pie, y que la derecha tiene su espacio natural en los despachos o en los salones de té. Sólo pensando así se puede asegurar que aquellas manifestaciones -también multitudinarias- contra el apoyo de España a la guerra de Irak eran una muestra del compromiso con unas ideas, y esta de ayer, como se ha dicho estos días, un modo de sacar de las instituciones un tema como la política antiterrorista. Hay, por cierto, una distinción clásica entre «lo político», que haría referencia al poder y a las instituciones del Estado, y «la política», que es la discusión social y abierta sobre las cuestiones que interesan a los ciudadanos, y también sobre «lo político». El PSOE debería tener cuidado si ve, o si quiere ver, «agitación» en esta marcha porque, en una sociedad democrática, no existe «lo» político sin «la» política. Al fin y al cabo, el PP y los manifestantes no hacen sino ejercer un derecho constitucional.

El señuelo
Creo que no hay que olvidar tampoco que el Gobierno, lo vista como lo vista retóricamente, no quiere el apoyo del PP en la nueva política antiterrorista enmarcada en el señuelo del «final dialogado». Implica un plan más amplio e interesa pactarlo, por sus especiales características (porque se quiere desplegar una política concreta, como ha dicho el propio presidente, junto a o paralelamente a la firmeza del Estado de Derecho), con nacionalistas y otros partidos de la izquierda. La exclusión del PP es un instrumento declarado, a veces incluso la discusión parlamentaria con él, de esta estrategia hasta llegar a la paradoja de criticar agriamente que la derecha quiera levantar la cabeza, como ha hecho en las calles de Madrid, y defender, apelando a los «derechos individuales», que Batasuna, organización ilegal, celebrara un congreso en Baracaldo. Tampoco debe olvidarse, en este contexto, que si estuviese en vigor el Pacto por las Libertades, el Gobierno habría tenido que consultar con el PP la excarcelación de De Juana. No está en vigor para no hacerlo y, al no estar vigente, tiene el PP derecho a manifestarse.

Seguramente la calle no es de la izquierda ni de la derecha, sino de los indignados. Y no es extraño que las dimensiones de la protesta de ayer sean el resultado de una indignación acumulada y espoleada por los beneficios penitenciarios al terrorista De Juana en unas circunstancias de abierto chantaje al Estado. En un relato de Jean Lorrain le preguntan a un personaje zaherido, no parece exaltado, si está «serenamente indignado». «No -responde- estoy indignado de verdad y sereno». Podría haber estado en la marcha.

Es una pista, al mismo tiempo, sobre el efecto que ha producido socialmente el laberinto del «proceso» en el que se ha metido Zapatero y del que no quiso salir ni cuando ETA hizo estallar, asesinando a dos personas, el aparcamiento de la nueva terminal de Barajas. Los beneficios concedidos al criminal chantajista, lo quiera o no el Gobierno, hacen visibles los vericuetos de la ingeniería del apaciguamiento con que se ha sustituido el empeño por la derrota de ETA, y han convertido a un asesino en el símbolo del proceso. A nadie se le oculta que, aunque no se haya hecho visible la izquierda en esta protesta (que tenía indudablemente un componente de apoyo al PP), la decisión del Gobierno supone una quiebra soterrada en el propio PSOE y entre sus votantes.

Cuando, bien pasadas las 7 de la tarde, Mariano Rajoy tomó la palabra en la Plaza de Colón, el tono de su discurso, duro contra el Gobierno, no perdió la serenidad necesaria. No sé si, en alguna esquina de la marcha, ha habido una bandera preconstitucional o un fascista vociferando encaramado a un poste. No lo he visto. Y si lo ha habido creo sinceramente que el asunto mollar de la protesta no iba con él, ya que era el Estado de Derecho y la libertad. Sí he visto una bandera de España en la que se leía «Ynestrillas presente», y lo anoto por dos motivos: porque Ynestrillas se ha convertido en un ritornello de algunos socialistas asustados por la indignación ciudadana, como si la aparición fantasmal de ese nombre invalidara cualquier protesta y, también, porque Ynestrillas fue asesinado por De Juana, algo que, para este propósito de desprestigio, no se quiere recordar.

Le pregunto a uno de los manifestantes, cuando ya todos se alejan, si cree que van a lograr que el Gobierno rectifique. «No creo -dice-, pero no por eso voy a dejar de decir lo que pienso». No me lo imagino asaltando oficinas públicas. Se diría que distingue bien entre «lo» político y «la» política. Ya votará, pero no por eso va a dejar hasta entonces lo que considera suyo